¿Cómo pensar, entonces, los desafíos que se presentan hoy a las instituciones escolares
frente a la dinámica avasalladora del mundo digital? La escuela moderna ha sido desde su
organización hace tres siglos un espacio complejo donde se produce la experiencia social
de transmisión y de producción de conocimientos por parte de las nuevas generaciones.
Durante muchas décadas, estuvo atenta a la innovación y fue pionera en la incorporación
de las novedades del campo de la ciencia, la tecnología y el pensamiento social. Cabe
señalar que en 1915 ya se proyectaban en las escuelas secundarias argentinas orientaciones
en telefonía o electricidad, que solo habían empezado a difundirse pocos años antes.
Ese ritmo de apropiación e incorporación de nuevas tecnologías se fue lentificando en los
años siguientes, y el siglo XX terminó con poca renovación en los procedimientos y en las
formas de trabajo escolares.
Sin embargo, el cambio tecnológico y el giro cultural que hemos vivido en los últimos
treinta años representan para la escuela un desafío diferente del que hasta ahora se venía
planteando, ya que –en varios sentidos– ponen en cuestión sus principios básicos, sus
formas ya probadas de enseñanza-aprendizaje, su estructura organizacional y edilicia, así
como las capacidades de quienes están al frente de los procesos educativos.
Y si bien es cierto que buena parte de estos interrogantes se formulan a partir del impacto
que han producido las nuevas tecnologías en el mundo del conocimiento, en la
sociedad, en la economía, en el campo del trabajo, de la política, del entretenimiento y
también en el seno mismo de la escuela, debemos decir, otra vez, que los desafíos que
están en juego no son técnicos sino políticos y culturales. No se trata de encontrar una
regla para medir cuánta tecnofobia ha desarrollado el sistema o cuánta capacidad de adoptar tecnologías ha mostrado la escuela, sino que estamos en el punto de preguntarnos
de qué manera la comunidad educativa, los responsables de las políticas públicas,
las empresas y la comunidad en general perciben este cambio y son capaces de tomar
iniciativas para preservar todo aquello que la escuela ha construido en su larga historia,
pero también para volverse una institución más atenta a la vida contemporánea, más
flexible para dialogar con ella y para mantener activa su capacidad de innovación, como
requiere la cultura que nos toca vivir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario